¿Quién es?    

Erich Hermann Wilhelm Vögelin (1901-1985) politólogo y filósofo político de origen judeo-alemán, refugiado desde 1938 con la anexión de Austria a la Alemania nazi, tuvo que huir con su familia, primero a Suiza y después a Estados Unidos, donde se establecería como ciudadano exiliado. Fue profesor de Ciencia Política en las universidades de Viena, Luisiana, Múnich y Stanford. En 1958 aceptó una oferta para ocupar una cátedra de Ciencias Políticas en la Universidad de Múnich que había estado vacía desde la muerte de Max Weber en 1920. Tras una década en Alemania, en 1969, desencantado con la situación política y social encontrada, regresó a Estados Unidos, donde continuaría con su trabajo hasta su muerte en 1985.

¿Qué ha dicho sobre este tema?

(Extraído del artículo de Anibal Romero “El debate de los historiadores alemanes y el problema de la culpa”, 2002)

A mediados de 1964, en la Universidad de Munich, el destacado filósofo Eric Voegelin pronunció una serie de conferencias sobre “Hitler y los alemanes”, que constituyen uno de los más sustanciales y controversiales aportes al debate sobre la “culpa”.

Voegelin comenzó por ratificar la postura ya expuesta por Jaspers según la cual sólo una sincera y profunda actitud autocrítica de, en primer término, aceptación del pasado propio, y en segundo lugar de revisión en la conciencia individual de cada cual de lo hecho por cada persona, así como de los actos cometidos en nombre del pueblo alemán, podía sembrar las semillas de una futura sociedad democrática de ciudadanos libres y desprovistos de una ponzoñosa desconfianza mutua. Solamente en una sociedad permeada por una actitud semejante podrían hallarse las energías éticas suficientes para decretar la culpabilidad de los que cometieron o admitieron crímenes en la época nazi, confirmando que la culpa en el terreno moral es siempre individual, no colectiva, aún cuando muchos hayan participado en el o los actos en cuestión. Y Voegelin enfatizó una y otra vez en sus exposiciones que el individuo es libre al tomar la decisión de actuar moral o inmoralmente.

Voegelin volvió a colocar los términos del debate en su justo lugar. Lo hizo mediante una reconsideración de la figura de Hitler, reduciéndole a dimensiones sociopolíticas aptas para un análisis ponderado del fenómeno, ajeno a la satanización dirigida a colocarle más allá de una consideración científica.¿cómo fue posible que una efectiva mayoría del pueblo alemán aceptase a un líder con las características de Hitler?

Para responder esta pregunta, Voegelin desplegó una argumentación basada en una  idea platónica.

Una vez que el tipo de individuo a quien Heráclito llamaba idiotes (o stultus) se multiplica y alcanza una masa crítica entre las élites y el público en general, una persona como Hitler puede verse como la manifestación de su radical estupidez común.

“Hitler no fue significativo, aunque haya sido un político brillante. Lo significativo consiste en algo distinto al talento del medium, capaz de explotar la estupidez y degeneración ética de un pueblo para sus fines”.  

No tenemos derecho a ser estúpidos.

Dicho de otra manera, no hay excusas morales para la abdicación ante el mal. En tal sentido, Voegelin asumió con coraje intelectual el desafío de atribuir culpa en el terreno que cabía hacerlo: el plano individual en cuanto a la ética, y el plano colectivo en cuanto a lo político.



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